Detesto la sacarina.
Y desde que oí éste cuento en la radio, no dejo pasar ni una sola mañana sin un mal beso que llevarme a la boca.
Desde la mujer del tendero hasta Conchita la pelirroja, y desde Jesús el zapatero hasta Roberto que dirigía la escuela, todos sin excepción, amanecieron con un terrón de azúcar en la punta de los labios.
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Sin embargo, los únicos en enterarse de lo sucedido fueron los que se besaron por la mañana.
© Armando Romero
Bueno pues entonces no tengo nada de que preocuparme. Soy de las que le echa tres azucarillos al café y de las que besa mucho y bueno y nunca digo que no a un beso. Besitos guapa
:)) vaya historia tan dulce...
muchos besos
¡Viva la glucosa labial!
Uh... ké tierno..
ya me gustaba dar besos antes de leerte esta dulzura de post, pero ahora me dedicaré a repartir más besos todavía
Un beso con la punta de mis labios, ¡uhmmmm, qué dulce! ;-o
Me gusta tanto haberos puesto blandito el corazón con éstas dulces palabras prestadas...
Tomo prestadas unas pocas más, sólo ocho ¿si?
"...
gracias por haber venido
a abrigarme el corazón"