Hoy al salir del Carrefour me he parado con mi hijo en la tienda de animales.

Qué pena... los yorksires, con sus ojillos de lástima...

Había dos cookers con las melenas onduladas, así como de cuando te haces una trenza con el pelo mojado y luego te lo sueltas, pues así.

Y un golden... qué ojos.
Me ha recordado al de langostinos pescanova... "Lleváme a casa..."

Y loros gritones, periquitos enamorados, serpientes albinas, camaleones de mirada extraña, tritones camuflados, ratones hiperactivos y chinchillas pestosillas...

No soy persona de principios.

Quiero decir que no soy de ese tipo de gente que asumen una cosa, que toman una decisión y se mantienen en ella hasta las últimas consecuencias.

No, no soy así.

No soy de principios. Mal que me pese.

Un ejemplo.

Una tienda. Dos amigas (Pili y Mili, un suponer).

Una falda verde, de aquellas cortas, tipo patinadora que digo yo. Superhortera, vamos, a juego con unas deportivas doradas yenoooormes.
Pili dice: "¿Yo? Jamás me pondría algo así!".
Y no se lo pondrá nunca.
Porque Pili es una mujer de principios.

Pero Mili, que no tiene principios, no dice nada...
No le gusta el vestido.
Se queda mirandolo un rato... y al rato dice: "Pues no sé... Si te lo miras bien, tiene su puntito..."

Mili... mal que le pese, no tiene principios.

Pero hoy he visto (a estas alturas, ¡Dios, con mi edad!), que yo sí tengo principios.

Al menos uno (si me analizo seguro que tengo más, pero es que me dá una pereza analizarme...)

Bueno.

Ahí va.

Mi principio:

JAMÁS, jamás, pero jamás tendré en casa un animal que no esté a gusto entre gente.

Jamás, jamás, tendré en casa un animal que nació con alas para volar. A no ser que sea para alimentar a la familia, claro.

Jamás, jamás conviviré con un animal que no me quiera y al que no pueda querer.

Y jamás, jamás, volveré a llenar de peces mi pecera para relajarme viendo como pasean su aburrimiento por delante de mis ojos.

Y he compartido mi principio con mi hijo.

Al principio de explicarle El Principio no me ha entendido.

Porque los peces eran muy bonitos, y las serpientes muy exóticas, y porque fardar con los amigos de tener un dragón de Komodo en casa debe molar un güevo.

Pero hemos recordado el día que fuimos a la perrera a adoptar al Rex.

Y cómo le quisimos en tan poco tiempo. Y lo mucho que nos quiere él sin ser de Komodo.

Y me ha dicho mi niño: "Mamá, eres mi ídolo", mientras me pasaba el brazo por encima del hombro y me daba un apretón.

Los adolescentes de ahora es así como demuestran el cariño...

Y me ha dado una subida de amor maternal que pá qué.

Y le he pegado un besazo en el coche (es que en la calle no se deja) que le he dejao un moflete hundido.

Pues eso, lo dicho...