La leo a ELLA, hablando con tanto cariño de su güela, que cumple 92. Diossss! ¡¡¡Noventa y dos!!!
.
Me gusta la gente que quiere a sus viejos.

"En lugar de arrinconarlos en la historia
convertidos en fantasmas sin memoria"

Porque al fin y al cabo... todos (con suerte) llevamos un viejo encima.
.
La leo a ella, y yo también quiero hablar de la mía. Y voy y la rescato, y por un momentito, me traigo al trastero a mi mama Elodia.


Hay niños que, sólo tienen una madre, y eso, con suerte. Mis hermanos, mis primas, mis primos y yo, tuvimos más suerte que nadie. Y tuvimos dos madres. La propia de cada uno, que en mi caso compartía con cuatro fieras más, y la más guapa de todas las agüelas. Mi Mamá Elodia.
.

Mamá Elodia tenía el pelo largo, larguísimo. Ondulado y blanco, blanquísimo, porque había sido muy rubia. La recuerdo mientras se peinaba, cepillo va y cepillo viene hasta recogerse todo el pelo. Se hacía una trenza y se la enroscaba en un rodete sobre su blanca nuca. Ni un pelo fuera de su sitio. Era una abuela fuerte, guapa, muy blanquita de piel, y tenía unos preciosos ojos azules.

.
Celestes, que dice mi madre.

.

No sabía leer ni escribir, pero esono importa si sabes tocar las castañuelas.

.
Se había dedicado al estraperlo en los años duros de la guerra y la posguerra, y aunque analfabeta, nadie la engañaba con las pesetas. .

A pié o en el “coche de línea” si había suerte, salía cuando aún era oscuro de la casa, acompañada de alguna de las niñas. Los niños, a trabajar al campo, a los cortijos del señorito o a los paseros.
Los mozos de los pueblos le decían: “Elodia, ¿dónde va usted con esas mozas?”, y ella, más graciosa que tó, les decía “Pues mira… a echárselas a los perros!”, y los mozos le decían mientras las niñas se ponían coloraítas “¡Guau, guau!… échemelas usté a mí, que yo soy perro y me llamo Canelo.”. .

Iba con su mercancía de pueblo en pueblo, Salares, Sedella, Algarrobo, Vélez, hasta llegar a Málaga, vendiendo lo poco que “trasperlaba”. .

Si había buen año, lonjas de tocino, morcillas de cebolla, jamones.
Si no, arenques secos, almendras, ajos, uvas, pasas… Todo era de casa. Pero nada se quedaba en casa. Porque con lo que sacaba por los jamones y las morcillas del pobre marrano que había engordao, si, esas que mi madre y sus hermanos miraban de reojo mientras se “curaban” (por si alguna se caía...), con eso podía comprar aceite, garbanzos, arroz, harina, y hasta un par de alpargatas pa’ los chiquillos. .

Luego unos cuantos hinojos cogidos a la vuelta y un puñaíto de arroz y a preparar un delicioso potaje (sin morcilla, claro), o unas ricas gachas. .

Y cantaba: “Los niños del pueblo no comen chorizo, que comen potaje con mucho coraje”
¡Que simple es la felicidad para el que aspira a poco!
.

Mamá Elodia se sabía de memoria las canciones más bonitas. .
.
Larguísimas. Las cantaban por el camino de ida, y hasta en el de vuelta si venía con los canastos vacíos y el bolsillo lleno.

Luego se vino a Cataluña, siguiendo los pasos de los hijos que sobrevivieron… y nos las cantaba a nosotros cuando nos llevaba al campo. .

La abuela andarina no sabía estarse quieta. .

A veces, cuando entraba en la cocina, me la encontraba hablando solita. Decía: “Hay que ver lo educaos que son los de la tele! Sin conocerla a una ni ná, siempre que empiezan el telediario dicen. ¡Buenos Dias!”. Ella, por supuesto, les contestaba: “¡Buenos Dias!”. .

Entre semana, los niños esperábamos con ansia que llegase el finde para que mamá Elodia preparase la tortilla de patatas y nos llevase a los mas “chicos” a los campos de los cortijos (ella nunca las llamó “masías”, siempre cortijos) a coger moras, o bellotas, o a llenar las garrafas de agua de la fuente, o a no coger nada… pero para que nos recitase de memoria el romance del torito, o el de la niña de Atocha (pobrecita mía… tal vez ni sabía dónde estaba Atocha), o para que nos cantase “la del basurero”, o la de “La Reina Berenguela”, o la de “Mariquilla la del revuelo” (¡Ja, ésa era yo!). .

“¡¡¡La del basurero, mama, la del basurero!!!”. .

“La del basurero” era un romance muy triste que me encantaba escuchar, de una mozuela que se creía tan guapa que se enamoró de un mozo y lo despreció porque era un pobre basurero. Un día de estos le diré a mi mami que me la cante, y la apuntaré. .

“La del basurero” acababa diciendo: .

No tiene padre ni madre,
ni cariño ni dinero.
Y a todas las horas dice:
“¡Quien pillara a un basurero!”
.

Mamá Elodia también contaba largas historias de miedo, que nos hacían tiritar y mirarnos con los ojos muy abiertos. .

Y aunque nos sabíamos el final de memoria, nos entraban unos nervios cuando se acercaba… .

Un día de estos os cuento una. La del monte de las ánimas benditas… o la del baúl de la ropa blanca que lloraba, o la del ladrón que se subió a la higuera, o la de la tapia del cementerio, o la de la llave de la alacena que se tiñó de sangre, o la de la luna que se cayó en un pozo, o la de Periquilla que mató a su hermano y enterró el corazón en una maceta… .

Oysss! ¡La de Periquilla!

.

Se me había olvidado. .
.

¡Que susto me da sólo de pensarlo!.
.