Recuerdo que cuando era niña, las llegué a tener muy largas.
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No fué fácil...
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Siempre estaba aquella amiga lista que no se creía que del grifo de mi cocina salía cocacola.
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Siempre estaba aquella amiga lista que me contaba que los reyes magos eran los padres... y que por supuesto, la Rabasa Derbi blanca, blanquísima que me trajeron los reyes cuando tenía 7 años, me la compraron mis padres, en Cicles Morenito.
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¡Y a plazos!

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Siempre estaba aquella amiga lista que no se creía lo de mi casa en la luna, ni lo de la escalera escondida detrás del rosal de la tapia del patio.

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Para alcanzarla dejé crecer mis piernas y mis brazos hasta que tuvieron las medidas necesarias.
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Y a ella me llevaban mis piernas cada noche.
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Pero crecí... es lo normal en estos casos.
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Y mientras crecía, mis brazos y mis piernas menguaron, sin darme cuenta, como mengua la Luna. Y se me olvidó que estaba allí arriba...
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Hasta hoy.

Lo he descubierto de casualidad.
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Llevaba días con un dolor extraño en las ingles y en las axilas.
Y al hacerme la ecografía, la doctora no se ha dado cuenta, pero yo los he visto.
He visto mis antigüos y queridos brazos, enroscados como un hilo en mi hombro, doliéndome para que los deje salir otra vez.
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Y mis piernas, como cintas...
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No ha sido fácil tirar de ellas, me ha dolido un poco, pero las he estirado, noche a noche, hasta que han recuperado su forma original.

¡Y al final lo he conseguido!

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No lo sabe nadie.
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Si lo contase, siempre habría alguna amiga lista que me diría que estoy loca.