Ella guarda los besos en un bote.
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Nunca desprecia ninguno, cualquier beso que recibía, cualquier beso que encontrase tirado, lo recogía y lo metía en un bote que guardaba encima de la estantería de la alacena de la cocina.
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Y cuando de niña llegaba llorando, con las rodillas ensangrentadas, de entre las tazas de la alacena, ella sacaba un besito curador, y mientras mis llantos se iban sosegando, la herida se hacía más pequeña...
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Y de mayor, cuando llegaba con el alma hecha trocitos... un besito me ponía la tirita en una esquina, para al menos, mantener la compostura ante la gente.
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Cuantas cosas he aprendido de los besos de su bote...
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Ahora soy yo la que dá besitos curadores. Y tengo un bote bien grande para recoger cualquier beso que me encuentro por ahí.
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Pero cuando voy a casa de mi mami, sigo mirando con ojos golosos su alacena azul, y alli sigue,en lugar seguro, donde no llegan los gatos, su bote de besos... y sigo pidiéndole uno, o dos... aunque no me duela nada.
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Creo que con los años, me he vuelto hipocondríaca... o tal vez adicta...
Ojalá no me falte nunca su bote de besos.
Dice que me lo dejará de herencia.
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Pero no quiero esa herencia.
No quiero el bote de los besos.
Quiero seguir viéndolo allí, en su alacena, llenito de besos.
Y quiero que siempre sea ella la que me los dé con sus manos, que con los años se han vuelto temblonas.
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