Cuando tengo un día gris, subo al trastero, y desde la ventana miro un cielo raso.

Cuando tengo un día espeso, en el trastero tengo una nevera que no enfría llena de botellines de cielo raso líquido para diluir mi espesura.

Cuando tengo un día exterior, en el trastero me reencuentro con mis blandos y conocidos adentros.

Cuando tengo un dia extrañamente perfecto, subo al trastero para darme un buen baño de mis conocidas imperfecciones.

Cuando tengo un día prisionero, subo al trastero, me pongo las alas y me doy un paseo por el mundo, bajo el cielo raso.

Hasta cuando no tengo ganas de subir al trastero, pienso que... menos mal que tengo un trastero y que puedo elegir si subir o no.

Si no lo tuviese, sería menos libre, porque no podría elegir si subir o no, si darle alimento o ponerlo a dieta.

Y ahora estoy con la mudanza de mis trastos, alimentando (e intentando alimentarme) éste trastero aún vacío.